La plaza estaba llena de gente feliz y no tan feliz, se notaba el poco pasto que quedaba despues de que los chicos jugaron al futbol no sé cuantas veces. Se escuchaba el grito del heladero que vendía sin parar ilusiones derretibles que eran deliciosas. La calesita esta vez no estaba abierta…”Es que hoy es el día del calesitero” me explicó amablemente alguien que andaba por ahí.
Y yo seguía con una sola cosa en mi mente. Me preguntaba casi constantemente que iba a hacer con mi vida, que rumbo iba a darle.
La respuesta nunca llegó. Al menos eso creo.
Podía sentir los diferentes aromas que inundaban la cuadra como un bouquet, por momentos horrible, por momentos familiar, por momentos cálidamente querible. La parrilla de la esquina de mi casa funcionaba a full y se notaba ampliamente por todo el lugar.
Alguien corrió cuando un chico se lastimó. Crucé un par de miradas con un padre abnegado que llevaba a sus dos hijos a jugar. Su camisa tipo polo rosa dejaba entrever su inocencia a pesar de la edad. Su felicidad algo negada se le escapaba y resplandecía por todo el lugar.
Me sonrió, le sonreí. Nos conectamos porque lo ví. Lo ví. No todos nos vemos realmente.
No todos nos dejamos ver.
La noche llegó rápidamente y con ella mi despedida de la plaza, sus ruidos provenientes de una banda de música cansada, de niños contentos y llenos de energía, de padres cansados de ver la feria y hartos de morirse de calor, de la gente que habia ido de picnic…
Me pregunto que es lo que realmente quiero en este momento en mi vida. Me pregunto la razón por la cual me cuesta conformarme.