Ella se sienta cerca de la puerta de su casa, piensa si esta vez podrá ver pasar al heladero, hace demasiado calor y el sol quema hasta las ideas más inteligentes.
Frota un zapato contra otro demostrando la ansiedad que aparece en la superficie con toda claridad. Si da la vuelta, en la otra esquina se puede ver como el cielo es comido por todas las antenas de televisión . Se ven enredadas como serpientes buscando aterrizar.
Si tuviese reloj puesto, seguramente le daría un breve vistazo. Algunas chicas pasan por donde ella está y le dicen de jugar. No se mezcla con la manada. Freud está sobre su falda y siempre, la compañía de una celebridad, es mucho mejor. Corre su flequillo y mira de costado la supuesta diversión. Apostaría su vida a que es más entretenido pelar una manzana, escalar la mente de Kierkegaard, colgarse de la barba de algún historiador o meterse dentro de las botas de algún aventurero que tiene sexo con cualquiera en plena visita nocturna a Grecia…
Pasa el muchacho que trae mercadería para la verdulería. Pasan demasiadas cosas.
No hay helados por hoy. Solo una gran manzana verde. Se pone más cómoda y saca el cuchillo. La pela cuidadosamente, la gran bandera que cubría a esa magnífica fruta se ha partido en dos… Sigue pelando. Se deleita con el primer pedazo, mira a la gente que pasea mientras come el siguiente.
Cierra los ojos y la brisa peina su cabello. Un pedazo de manzana a caído sobre su libro… limpia las letras doradas de la tapa cuidadosamente.
El mejor momento del día todavía no ha venido. Está por llegar. Está más lejos que el control remoto del sillón, pero más cerca que la esquina…


