Qué es lo que nos lleva a cambiar? Es acaso esa expectativa que los demás tienen de nosotros?
Esa expectativa, esa imagen preconcebida o creada que resulta ser tan poderosa que cuando nos enfrentamos a la realidad de que parecemos ser máquinas trabajando en auto pilot, justo en ese bendito momento, alguien se digna a decírnoslo en la cara. ” Es que en el fondo se que nunca harías esto o aquello“…
En esos tiempos en que se quiebra la fe en lo que uno era y es, la forma en que tomamos nuestro destino deja de ser de bordes redondeados y parecemos tocar, finalmente, un poco de nuestra verdadera identidad.
Qué sería de mí si no soy quien se supone que sea? Cómo aceptar en lo profundo, cuando estamos a solas y en plena oscuridad aferrados a nuestra almohada, que no somos nada más que algo amorfo, algo que se construye día a día. Somos entes que se fijan en la mente de otras personas por el pasado y nunca por el presente que es solo el resultado de lo que ya fue realizado. Mi presente es el fruto de mi pasado. Cómo, entonces, despegarse de la pequeña caja cuadrada donde se supone que cabemos? Cómo estirar los brazos, volver a nacer como una mariposa?
Siempre me pregunté cuál era la finalidad de todo esto. Esa pregunta, en parte sigue existiendo. Existo para mi bien o el de otros? Existo para aprender a perderme entre tanta inmensidad de cosas superfluas o para elevar mi alma por sobre todas mis expectativas?
Está el crecimiento normal y el crecimiento a través del dolor. . Puede discutirse sobre cuál es más conveniente para uno, un simple mortal que evade constantemente aquello que lo hace sufrir, pero no puede discutirse cual es el más efectivo. Aquel tipo de aprendizaje que queda grabado aún más profundamente que los momentos felices y sonrisas que aparecen en las fotos que figuran en el árbol de nuestra vida.
No es fácil la opción. No es fácil saber que existe tal opción.
Nunca tuve mucha gente que aplaudiera mis pensamientos, tampoco la necesitaba. Mi posición no ha cambiado. La popularidad atrae y alegra pero también mata un poco de nosotros mismos sin siquiera saberlo. En mi escala de valores la sonrisa y la lágrima están casi iguales. He aprendido más de los momentos caóticos y dolorosos que de aquellos que me untaron con miel el día. Los momentos dulces se atesoran, son sencillamente únicos…Pero los difíciles, los tristes, esos son los que te marcan las opciones reales. Los que te hacen cuetionarte ( si es que te atreves a hacerlo) donde es que estás parado y hacia donde crees dirigirte.
No todos desean saberlo. Hay demasiada responsabilidad en el conocimiento de que no hay reglas que nos manejen y de que aquellas cosas que creemos que nos atan, en realidad no lo hacen. Yo me ato a esas cosas. Otras elijo no hacerlo.
Cuando camino, elijo no pisar las hormigas.
Cuando quiero frenar, elijo tirarme de espaldas en el piso frío.
Cuando quiero pensar, elijo estar sola.
Cuando quiero reír, elijo ver la simpleza de las cosas y su lugar en este gran esquema.
Cuando quiero sentir, elijo cerrar los ojos para saber que aún puedo abrirlos si así lo decido.
Cuando quiero amar… cierro los ojos, vuelvo a abrirlos y simplemente respiro…una y otra vez.
Sin importar si mañana volveré hacer lo mismo. Tal vez mañana solo me toque ser una hormiga o , con suerte, una mariposa.

